Nuestros Objetivos

 

Nuestro Proyecto:

 

El principal instrumento para la Liturgia es la voz humana. La música debe estar al servicio del texto, y por ello los cantos litúrgicos muchas veces no poseen la métrica y el ritmo que se encuentran en otro tipo de cantos. Por ello nuestro proyecto se basa en apoyar armónicamente a la asamblea de fieles con nuestras voces.

 

Para cumplir este objetivo, realizamos arreglos a cuatro voces de los cantos apropiados para cada celebración litúrgica, manteniendo la voz de la asamblea (melodía de soprano) dentro de los ámbitos cantables por el pueblo. Y puesto que muchas veces no encontramos los cantos apropiados para cada celebración, es parte de nuestra labor la de componer con musicalizaciones apropiadas a los textos propuestos por la Sagrada Liturgia.

 

Los instrumentos son seleccionados conforme al género litúrgico y musical del canto elegido, y la mayoría de las veces el apoyo instrumental es el órgano de tubos, tal como lo indica el Magisterio. Pero los distintos tiempos litúrgicos y estilos musicales nos abren la puerta a diferentes instrumentos que realzan el espíritu del canto y de la celebración.

 

La selección de cantos se realiza en base a las antífonas del Misal Romano (entrada, Evangelio, ofertorio y comunión), las oraciones presidenciales (colecta, ofrendas y comunión), las lecturas y el salmo responsorial, además de los otros cantos propuestos expresamente por el Misal (secuencias, himnos, improperios, etc.).

 

Finalmente, en la acción de gracias ofrecemos algún canto o salmo que puede ser cantado por la asamblea, o bien solo por el coro, cuando el mismo es una obra polifónica de cierta envergadura. Y luego del canto de salida, acompañamos la salida de la asamblea y mantenemos un espíritu de oración en el templo ofreciendo alguna obra de polifonía sagrada en consonancia con la liturgia que acabamos de celebrar.

 

Nuestros fundamentos:

 

A partir del Concilio Vaticano II se dio un acento especial a la participación litúrgica, concepto que en general ha sido mal interpretado como una necesaria “acción visible” por parte de la asamblea y “creativa” por parte de los responsables de la organización de la liturgia.

 

Sin embargo, el término ‘participación’ presupone tomar parte de una acción principal, que antecede al que ‘participa’ en la misma. En la Sagrada Liturgia, esta acción principal es la actio divina -acción de Dios- que, a través de la Palabra (Logos) realiza la acción de glorificación perfecta y santifica al hombre [1].

 

La Liturgia es una realidad que no hacen los hombres, sino que se recibe como don. De otro modo, los fieles cristianos no tendrían garantía de la eficacia del culto que celebran, y no podrían ejercer “el derecho de celebrar una liturgia verdadera, especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas” [2].

 

Por ello la Liturgia no admite simplificaciones o reducciones humanas, sino que exige fidelidad a lo recibido a través de la Tradición. Contrariamente a esto, nuestras celebraciones -especialmente las dominicales- han ido migrando cada vez más hacia una reunión de personas que necesitan actuar según sus pareceres y sentimientos, de modo que el carácter sagrado y mistérico de la Liturgia recibida como don ha ido cediendo lugar a una participación externa, racionalista, sentimental y creativa. Una liturgia reducida a los gustos personales, que se refleja finalmente "en la práctica (en) un catolicismo dominado por la confusión de los roles" [3]. Se olvida a menudo, en pos de supuestos criterios 'pastorales', que “el Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal” [4].

 

Este criterio subjetivista y relativista se acentúa especialmente en el canto y la música dentro de las celebraciones que, en el mejor de los casos, se fundamenta sobre cantos de inspiración religiosa (no necesariamente litúrgicos o aptos para el culto divino) olvidándose los criterios fundamentales que el Magisterio ha fijado para garantizar el “derecho de la comunidad de fieles a tener, sobre todo en la celebración dominical, una música sacra adecuada e idónea” [5].

 

Por todo lo anterior, es nuestro objetivo servir a la Liturgia con el Canto Sagrado, según las disposiciones vigentes del Magisterio de la Iglesia, mediante:

-         la selección de los cantos en estrecha vinculación con la Liturgia Romana;

-         la interpretación de los mismos según los criterios fijados por el Magisterio;

-         la composición de música adecuada, adaptaciones y arreglos corales en los casos necesarios;

-         la difusión de partituras como aporte a coros litúrgicos existentes o en formación;

-         la difusión del magisterio perenne de la Iglesia referido al canto y la música en la Liturgia Romana.

 

De esta forma y con nuestras limitaciones, hacemos realidad las palabras de San Juan Pablo II: “La función de la schola cantorum sigue siendo válida, pues desempeña en la asamblea el papel de guía y apoyo y, en ciertos momentos de la liturgia, tiene un papel específico” [6]. Esta aseveración del Papa Juan Pablo II, en completa consonancia con la voz de todos los Papas, especialmente su predecesor San Pío X y su sucesor Benedicto XVI -quienes han aportado riquísimos conceptos a la Sagrada Liturgia de la Iglesia y al canto sagrado-,  adquiere un significado especial cuando la Liturgia solicita cantos específicos (como por ejemplo en el Triduo Sacro), o bien cuando se ejecuta polifonía sagrada [7].

 

[1] cfr. Card. Ratzinger, “El espíritu de la Liturgia”, Parte IV, Cap. II, 2001.

[2] Redemptionis Sacramentum, n.12, 2004.

[3] Homilía del Nuncio Apostólico en la Argentina, 22/2/2011, Fiesta de la Cátedra de San Pedro.

[4] Ecclesia de Eucharistia, n. 52, 2003.

[5] Redemptionis Sacramentum, n. 57, 2004.

[6] Quirógrafo sobre la música sacra, n. 8, 2003.

[7] cfr. Tra le sollecitudini, n. 25, Pio X, 1903.