Santa Cecilia: Patrona de la música sagrada y de los músicos

 

En el año 1594 santa Cecilia fue nombrada patrona de la música sagrada por el Papa Gregorio XIII y, a través de los siglos, su figura ha permanecido venerada por la cristiandad, con ese padrinazgo. Su fiesta se celebra el 22 de noviembre, fecha que correspondería con su natalicio (martirio) y ha sido adoptada mundialmente como el Día de la Música.

Desde el siglo XVII en Inglaterra, Francia, Italia y Alemania se celebra su día con festivales musicales. En 1683, la Musical Society of London estableció los festivales anuales del Día de Santa Cecilia, donde hasta el día de hoy participan los más grandes compositores y poetas británicos.

En las Actas de santa Cecilia se lee: ‘Vino el día en que el matrimonio se celebró, y, mientras sonaban los instrumentos musicales, ella (la virgen Cecilia) cantaba en su corazón a su único Señor [diciendo]: [Señor,] haga el corazón mío y el cuerpo mío inmaculados’. Una antigua antífona describiría que Cecilia, ‘entre las herramientas candentes, cantaba a su único Señor en su corazón’, haciendo referencia al momento del martirio.

Según las actas de canonización, el padrinazgo de la música le fue otorgado a santa Cecilia por haber demostrado una «atracción irresistible hacia los acordes melodiosos de los instrumentos: su espíritu sensible y apasionado por este arte convirtió así su nombre en símbolo de la música».

Santa Cecilia es patrona de los músicos, de los poetas, de los ciegos (como santa Lucía de Siracusa) y de las ciudades de Albi (Francia), Omaha (estado de Nebraska, EE. UU.) y Mar del Plata (Argentina).

Sus atributos son –además del órgano– el laúd y las rosas. En honor a ella, un importante movimiento de renovación de la música sacra católica de finales del siglo XIX recibió el nombre de “cecilianismo”.

 

La música sagrada

En estrecha vinculación con el culto de la Antigua Alianza, el Libro de los Salmos o salterio siempre fue el libro de oración de la Iglesia peregrina, que por esto mismo, desde sus orígenes se convirtió en una Iglesia que reza con el canto.

Como dice el salmista: “Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo. Cantad a Dios con maestría, con júbilo…” (Salmo 33). San Agustín explica el significado de cantar con arte y con júbilo, cuando dice: “Qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón… De este modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por las palabras” (S. Agustín, Comentarios sobre los Salmos). En efecto, cuando el hombre entra en contacto con Dios, las palabras se hacen insuficientes. Se despiertan esos ámbitos de la existencia que se convierten espontáneamente en canto.

El cántico de la Iglesia procede, en última instancia, del amor. Es el amor el que está en lo más profundo del origen del cantar: “Cantare amantis est”, dice San Agustín. Así se entiende la interpretación trinitaria de la música en la Iglesia: el Espíritu Santo es el Amor y en Él está el origen del canto. Él es el Espíritu de Cristo, el eterno canto de Amor entre el Padre y el Hijo.

Por eso la Iglesia entiende a la música sagrada (dedicada al culto sagrado, o música litúrgica) como basada en ciertos principios fundamentales:

  1. El predominio de la palabra sobre la música: del Logos o Verbo sobre el ethos, que involucra tanto a los contenidos de los textos basados en las Escrituras como la sobriedad en la composición y la interpretación;

  2. El carácter vocal y el consiguiente predominio absoluto de la voz sobre los instrumentos;

  3. La música (ritmo, melodía y armonía) integrando al hombre hacia lo trascendente -en consonancia con los modelos del canto gregoriano y la polifonía de Palestrina- y no disolviéndolo en la ebriedad sin sentido, o en la mera sensualidad, ni tampoco en la subjetividad psíquica o artística.

De estos principios fundamentales se desprenden las cualidades de la música litúrgica que, según San Pío X, son tres: santidad, bondad de formas y -como consecuencia de éstas- la universalidad.

Juan Pablo II recordó en su quirógrafo del 22 de noviembre de 2003, que “el Concilio Vaticano II utilizó este enfoque (de San Pío X) en el capítulo VI de la constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, donde se recuerda con claridad la función eclesial de la música sagrada” y destacó “la necesidad de «purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra», para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica.”

Santa Cecilia nos enseña a cantar a Dios con nuestros labios, nuestro corazón y nuestras vidas, para que podamos decir como San Efrén (373 d.C), músico, poeta , diácono y doctor de la Iglesia:

“El único oficio del hombre en el Cielo será cantar, como los ángeles”.